Posteado por: DB en: Julio 17, 2009
COMO MÉXICO NO HAY DOS
Cuento
¡Vamos! ¡Apresúrate, que tenemos poco tiempo!- Recuerdo perfectamente las palabras de mamá cuando llegué de la escuela. -¿Qué pasa, qué sucede?- contesté de inmediato. Por un momento el ambiente de ajetreo que circulaba en casa, se detuvo, para escucharse un silencio interrumpido por papá, al decir con voz serena y jubilosa: -Nada, hija, no pasa nada, solamente que me han nombrado Embajador esta mañana y tendremos que partir lo más pronto posible.-
Me quedé sorprendida y pensativa a la vez y en tono suplicante y de reproche, exclamé: -¡Pero papá…! – No hay pero que valga, el trabajo es primero, de éste depende el bienestar de todos ustedes, y tendrán que seguirme a donde yo vaya- Con esta contestación mi padre me dejó sin habla, rompí en llanto; mi madre, buscando palabras de consuelo me dijo: -Anda nena, arregla tus cosas que debemos partir. Piensa que tendrás nuevos amigos y conocerás bonitos lugares. –Sí mamá, conoceré a miles de personas más, pero ¿qué pasará con mis amigos? Me he acostumbrado tanto a ellos…-
No tuve más remedio que resignarme a las órdenes de mi padre, así que preparé mi equipaje, sin tiempo para despedirme de mis amigos.
El viaje hacia el Viejo Continente me pareció interminable, aunado a la nostalgia que me embargó al dejar de ver a lo lejos el territorio mexicano, la tierra donde nací, pero por más que lo deseara, no sabía cuándo lo volvería a ver.
Finalmente llegamos, bajamos del avión, y por lo que pude leer en los folletos turísticos este país es agradable: la metrópoli de los perfumes y del glamour. No obstante, cada minuto que pasaba, extrañaba más a México.
Transcurrió una semana para que iniciara las clases, ya que estábamos instalándonos en la nueva casa.
El primer día de clases, fue el peor de toda mi vida; pues llegaba a un país extraño, frío, donde la gente come, viste y tiene costumbres muy diferentes a las mías. Pareciera que estaba en otro mundo, todo era tan raro…No entendía lo que la gente me decía o si me insultan, no tenía amigos, ya que no conocía su idioma. ¡Cómo odié a mi papá en ese instante en que me sentía tan sola y tan extraña!
Ya han pasado seis meses desde que llegamos y con tristeza reconozco que en verdad extraño a México: mi escuela, mis amigos, su gente…
Con desconsuelo vienen a mi memoria los homenajes que aún hacen en mi antigua escuela, cuando cada lunes pasaba frente a mí nuestro Lábaro Patrio, y yo, al igual que mis compañeros, charlábamos entretenidas de nuestras aventuras juveniles en fin de semana ¡cómo añoro esos momentos! ¡Qué diera por vivirlos una vez más! Ver pasar frente de mí a esa hermosa Bandera y saludar a la voz de “Saludar ¡Ya!” Verla con sus tres colores radiantes: el Verde, la independencia; el Blanco, la religión y el Rojo, la unión. La Bandera es el símbolo más importante, pues nos representa en todo el mundo.
¿Por qué hasta ahora empiezo a sentirme más mexicana? ¿Por qué fuera de mi país y no dentro de él? Tal vez sea porque sólo de esta manera nos damos cuenta de lo rico que es nuestro México, por la calidez de su gente, sus desiertos, bosques, valles, mares y sobretodo por su cultura. Cultura, que sólo algunos países gozan el privilegio de poseer.
Mi México tiene una gran Historia, llena de riqueza; basta sólo conocer la leyenda de nuestro Escudo Nacional, ésta da testimonio de la grandeza de su pueblo y sus raíces.
Hasta ahora sé que el águila para los Aztecas simbolizaba el Sol, mientras que la serpiente representaba la Noche; que había un dios de nombre Huitzilopochtli, quien les anunció que fundaran su ciudad donde encontraran como seña a un águila postrada sobre un nopal, devorando a una serpiente. De tal modo, que los Aztecas no descansaron hasta encontrarla, siendo en el año de 1325, fundando la gran Tenochtitlan. Esto revela el fervor del mexicano, y su resistencia, rasgos característicos de hombres fuertes y perseverantes.
Es increíble, pero únicamente estando tan lejos hasta he llegado a extrañar las intransitables calles de la Ciudad de México, su conglomerado metro por las mañanas, los tianguis con sus comerciantes ambulantes, los puestos callejeros con un sinnúmero de antojitos mexicanos… Bien dice el dicho: “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”.
Es tarde y me tengo que dormir; mañana iré a la escuela a convivir con jóvenes que poco entiendo, que no tienen mis costumbres, ni mi cultura.
Ayer se rindió homenaje a su bandera, admiro el fervor con que lo hacen, el respeto que muestran ante sus Símbolos Patrios y mientras ellos cantaban con júbilo la Marsellesa, yo en silencio entonaba “¡Mexicanos al grito de guerra! ¡El acero aprestad y el bridón, y retiemble en sus centros la tierra, al sonoro rugir del cañón!”
Octubre 1998
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