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APRENDER A AMAR A MÉXICO

 

Era de noche, había sido un día tranquilo. Cerca de las once veía el noticiero, en el cual anunciaron que México tenía conflictos sobre pobreza, educación y economía, cosa que me preocupó. Al dormirme soñé…

Un día radiante, estaba yo en el cielo, sí, en el cielo con profundo azul claro y sus nubes blanquecinas de diferentes formas, reflexionando acerca de lo que escuché; ví a un niño que venía cansado y parecía desde lejos un indígena porque traía morral y señas particulares, que lo caracterizaban como tal. El niño gritaba: -“¡Tengo hambre! ¡El campo ya no produce! Además, no sé leer ni escribir, ¿cómo buscar un trabajo?”-

El muchachito estaba totalmente decepcionado de su vida, yo no podía creer lo que el niño decía. Eran verdaderas las noticias que pasaron en la televisión, pero con una diferencia, el indígena lo decía enojado, con furia y pena; en el noticiero lo comunicaron tal vez con un grado de preocupación, pero no tanta como la de él. La verdad estaba desconcertada, no sabía a quién hacerle caso, pero lo que más me dolía, era que en las dos situaciones se decía la verdad, aunque fuera con mucho o poco remordimiento.

El pequeño, sentado en una nube gritaba: -“¡No sé ni pa’que sirven tantas cosas que tiene México, como la Bandera que unos hipócritas honran sin quererla!”- Sentí un escalofrío bárbaro por todo el cuerpo al oír aquellas palabras, que en realidad hablaban muy desanimado de la Patria.

Entre las nubes, muy lejos de nosotros, ví cómo un pedazo de tela se movía, al acercarme, no té que tenía colores, difícilmente llegué a distinguirlos, eran: verde, blanco y rojo. Al llegar el trozo de tejido hasta donde estábamos sentados logré ver a nuestra Bandera, con su asta muy recta y sus colores radiantes; el verde era luminoso como el de las hojas de los árboles de la Tierra; su blanco, verdaderamente hermoso, se confundía con el de las nubes; el rojo, tan profundo como la sangre que derramaron los Aztecas y en medio del blanco la Leyenda hecha realidad.

La Bandera se encontraba frente al niño y ésta le dijo: -“¿Por qué hablas así de mí? Yo casi te he dado de comer, no tienes derecho a hablar de esa manera. Como dices, es cierto que hay falsos que me vanaglorian sin quererme, pero no seas uno de ellos, quiéreme, porque aunque no comas, o siempre te aceptaré como mexicano?”- 

La criatura le dijo: -“Entonces aquellos falsos no deben llamarse mexicanos, pero sin embargo todo el mundo les dice así.”- Nuestro Lábaro Patrio escuchó atentamente las palabras del campesino, que por cierto era el más pobre de México.

En eso, con mucho miedo, me atreví a hablar: -“Amigo mío, sólo te diré unas palabras: El mexicano no es sólo quien nace o se cría en nuestra Nación, sino quien la quiere, reconoce su historia y hace un esfuerzo por sostenerse. Estoy segura que a pesar de esas decepciones que tienes tú de él, yo sé que lo quieres, porque al ver a los Voladores de Papantla o al escuchar el Jarabe Tapatío, dices ¡Ese es mi México! Ya que tenemos una cultura envidiada por países desarrollados en tecnología y economía.”-

La Bandera me preguntó: -“¿Y tú, de dónde leíste esas palabras tan hermosas?”- Riéndome entre dientes, contesté: -“Por favor, Bandera amada,  no las leí de ningún libro, lo único que hice fue sentirlas con el corazón. Por eso te digo compañero, que no necesitas leer o escribir para amar a México, a tu Patria, sólo debemos comprender la Leyenda ensamblada en esa franja blanca, para entender la grandeza del pueblo mexicano.”-

A todo esto, el indígena escuchaba mis palabras y las de la Enseña Nacional, pero cuando dejé de hablar, éste replicó: -“¡Yo lo que necesito es comer, no amar a México!”-

La Bandera y yo nos quedamos pasmadas, ante sus palabras; cuando llega gritando el Escudo Nacional, gallardo y vanidoso: -“¡Para poder comer, indígena, primero tienes que conocer la gran Historia que empapa a nuestro país y gracias a ésta eres un ser libre!”-

El Escudo le contó al mexicano, la Leyenda de Tenochtitlán, que se supone que todos conocemos. A éste le gustó mucho, pero sin embargo, volvió a replicar: -“¡Lo que quiero es comer, no amar a México!”-

Cuando me dediqué a tomar la palabra, no sé qué pasa pero de repente, se abre la nube en la que estábamos, de donde se veía el gran territorio mexicano. Yo, con temor a caerme, me sostuve con una mano de uno de los nopales del Escudo Nacional, estaba demasiado alto, y cada vez el abismo era mucho más grande, solamente me sujetaba el nopal para no caer de la nube, y así no perder la vida, aunque sólo fuera un sueño.

Mi mano estaba ensangrentada y sentía mucho dolor, la única solución que tenía era despertar. Pienso que el dolor o el pánico me hicieron reaccionar. En la mañana, noté que en la palma de mi mano derecha tenía un agujero angosto, lo curioso era que no me dolía, aunque tenía poca sangre, ya seca. Quizá eso repercutió en que en el Escudo sobre uno de sus nopales se ve una curvatura.

Me impresioné tanto de este sueño que decidí escribirlo, para no olvidarlo, y compartirlo con alguien más. Lo que más me gustó de éste, fue que concluí algo muy importante: para ser mexicanos tenemos que “Aprender a Amar a México”.

 

Octubre 1997


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DB

Este blog tiene como mero propósito expresar mi opinión sobre temas que son de mi interés, mismos que van desde la política, la ciencia, los deportes, las artes, la pareja, los sentimientos, hasta las cosas más superficiales como la moda, programas de TV y la astrología. En fin cualquier tema en donde me vea involucrada y que necesite una reflexión sobre el mismo. Trato esta ”necesidad” como algo imprescindible en la vida del ser humano, que siendo un ente social no podemos quedarnos aislados sino que forzosamente interactuamos, no importando las distancias, las soledades, los idiomas, las ideologías, las culturas, las fronteras, no importando si estamos en una isla desértica o en el país más pobre, todo gracias a Internet.

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